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<Marie Griffin (Día 51, hora 17)
HP: 110/110
Energía: 65/70
Hambre: 21/21 - Sed 21/21
-Fuerza: 15 + 25 Espada de la luna
-Agilidad: 9
-Resistencia: 16 + 28 Chaleco antibalas (÷ 2 daño recibido)
-Suerte: 1
Inventario:
-Bolsillos 2/4
Súper-Celular (Apagado. Carga 14/16)
Cargador de Joseph
-Mochila rosada 6/10
Lápiz
Libreta
Botella agua de almendra (15/15)
Smiled fluid
Cepillo dental
Diadema de gato blanco
Nivel 94
Para tu sorpresa Lunita sí que conocía a Excalibur, te dice que oyó hablar de ella de parte de la anti-Moon, quien se pasaba horas desentrañando tales cuentos buscando poderes y misterios.
Luna:
Creía que yo era una espada maldita... ¡Yo! ¿Increíble, verdad? P-Puedo ser algo lenta y aguada, lo sé, pero nada peor que eso.
Ves como el filo se encorva bajo el peso de la empuñadura al decir eso, es como una palmera triste.
Sabiendo que la gente de primeras se congela al tocarla, es esperable que los antis creyesen que el arma guardase una maldición. Pero eso es un malentendido, Lunita es casi tan buena como Excalibur e igual de noble. No te puede prometer convertirte en
Marie, su majestad, pero te asegura siempre apoyarte para combatir los males que encuentres.
El fugaz atardecer irradia tonos dorados y pasteles desde la ventana, mientras Luz y tú juguetean con la radio.
Luz: ¿Es esa la traducción correcta?
Pregunta con una sonrisita al verte danzar. Luz es normie, no sabe de Hong Kong 97 ni de memes irónicos. Ella gusta de las cosas simples, las películas, los paseos por la naturaleza, la comida bien sazonada, realizar deporte, y ahora desea bailar con su chica preciada. Tal actividad en pareja era territorio desconocido para ti, pero bajo sus mano, su guía y su mirada, aprendiste a fluir con ella, a decirle
amor.
Los amigos de tus fantasías que imaginaste aplaudiendote y silbando en un baile escolar de ensueños, ahora sientes que estorbarían del mismo modo que siempre te obstaculizaron tus dudas y tu falta de autoestima. Ya no más, vas, la alcanzas, y a mitad de su sorpresa la besas hasta que el pecho te deja de doler. No pudiste evitar las lagrimas, y ella, sonrojada y con una mirada vidriosa, asiente lentamente y busca un pañuelo en la mochila con el que limpia tu rostro.
Luz:
Cielo santo... Lo último que esperaba de este viaje era hacerte llorar... A ver qué se me ocurre para arreglarlo, hmm...
Cierra los ojos, y al reabrirlos suma una blanca sonrisa.
Luz: ¿Abrazo?
Abrazo.
La noche es pacifica y silenciosa. Las sombras de los demonios que combatiste las percibías lejos, tan dispersas que cuando menos lo esperaste dejaste de pensar en ellos. Un sueño tranquilo aguarda, pero un encuentro inesperado te saca de la somnolencia para sumirte en una nueva clase de niebla, tibia y rosada.
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A tientas guiaste tu mano sobre aquellos latidos, por la piel tersa hasta que tus yemas coronaron aquel tímido botón, y de ella brotó otro dulce ruido, como un quejido contenido, suave, sofocado, gustoso de oír. Hipnotizada por las sensaciones y el instinto te sentaste en la oscuridad, tus labios empañados por el aliento de tu compañera, exhalando sobre ti, siempre prometedores pero sin zanjar la distancia. Captaste sus dedos, una mano en tu cintura que invade las telas de tu pijama, tocando tu abdomen y elevando el camisón, subiendo y bajando por tus costillas.
Como un ritual ceremonial donde ninguna palabra es permitida, ella te desnuda. Sus manos caen por tu espalda y a la par que acarician y aprietan tus posaderas, tiran de los pantalones. La prenda se desliza y pasa por tus muslos, tus rodillas, tus pies, y queda suelta sobre el suelo acolchado. En la libertad de la ropa interior, la piel de Luz besa la tuya pero todavía sin fundirse, seguían en fase de exploración. Fue el tacto lo que te reveló que tu compañera aun traía sus shorts.
Siempre fuiste flaca, algunos dirían que huesuda, pero no hubo espacio para la inseguridad porque pensar costaba. Caricias en tu pecho, tus muslos, tu espalda. Musitó tu nombre, Marie, casi con dolor, como si fuese la única palabra que conociera y rogara por comunicarse.
Besa tu cuello, su boca escala, y en la penumbra capturas la humedad de esos labios. Unen los rostros pero el calor en tu cuerpo exige más, es inconforme, y antes de darte cuenta tu lengua invade la boca de tu pareja. Recorres la suavidad exterior, la dureza de sus dientes blancos, reconoces el matiz a menta de la crema dental, y forcejeas con la lengua de ella hasta el punto que la necesidad de respirar les separa y etiquetas al oxigeno como un fastidioso inconveniente.
Durante la pausa que toman para recuperar el aire, se contemplan en la oscuridad.
...
Seriozha: ¿Saben por qué al orgasmos le dicen clímax?
Pregunta la joven rusa sentada de lado en el pupitre, inflando y estallando repetidas veces un chicle que hace rato que perdió el sabor. Las miradas de los peques en los asientos cercanos son atraídas por la conversación. Ves a Joseph y a Tan abrir los ojos como platos y tragar saliva. Sexo, el material de las películas prohibidas, territorio inexplorado, asunto serio.
Jane: ¿En serio no saben?
La rubia en el pupitre al frente de Sezh, se gira y suelta una risilla, es obvio que están confabuladas en pos de algo. Seguramente divertirse a costa del grupo.
Jane: Es porque es parecido a la muerte, tontitos. El final, el último aliento.
Joseph: ¿Q-Qué? ¿Te mueres si lo haces? ¡De ninguna manera!
Jane: No, pero casi... Por un segundo. Tendrías que experimentarlo para entenderlo.
El cuatro ojos frunce el ceño.
Joseph: ¡Ja! Si, claro... ¿Qué sabrán ustedes dos? Nunca les he visto un novio, es imposible que lo hicieran.
Jane rueda los ojos. Sezh se levanta, se acerca hasta una ventana, la abre y escupe el chicle hacia los apretujados edificios de la BNTG. Sin girarse, dice que es posible tener un orgasmo sin novio, y cuando Joseph -escéptico- le pregunta cómo, la rusa se vuelve y revela:
Seriozha: Hilda sabe.
Luz: ¿Qué están cuchicheando?
Cuando Luz se gira sospechando que están hablando sobre algo que no son los puntos de la clase del día, la charla sorpresa concluye.
...
Tu ropa interior queda abandonada a un lado, ahora es solo un estorbo. Te cuesta respirar, tu piel esta cubierta por una capa de sudor, tan sensible por las caricias que basta un toque para arrebatarte un chillido. La mano de la morena se desliza entre tus muslos y empieza a acariciar. Movimientos continuos y rítmicos, produciendo chasquido al contacto de tus jugos del amor. Pero era los sonidos de tu voz los que Luz anhelaba.
Tus pies se arquean, tus manos aran las sabanas, y entrecruzaste las piernas como para evitar que ese roce acabe. Luz masajea la entrada y el dintel de tu lugar más intimo, con creciente insistencia hasta que la sensación eléctrica supera la razón, y de tu garganta surgen audibles gemidos que parecían ajenos. Pensar ya resulta imposible, tu cabeza y tu vientre quieren estallar, un calor creciente que te aturde y ahoga, incontrolables sacudidas desde tu entrepierna hacia el resto de ti, hasta que...
Mueres.
Tu mente desaparece, tu visión queda en blanco. Arqueas la espalda, te vacías y por un momento crees que vas a partirte en dos. Sin fuerzas acabas tendida y temblorosa, una niebla cubre tu escasa visión, demoras un rato en volver a pensar, y otro rato en sentir tus extremidades. Entre tus piernas fluye una calidez constante y acuosa... No sabes lo que es, pero con esa misma consistencia sientes tu cerebro, además de aletargado por unas repentinas ganas de dormir. Captas un sabor metálico, un hilito de sangre baja por tu nariz, pero extrañamente ni te importa.
Luz: ¿Marie...?
El rostro de Luz se eleva sobre ti.
Luz: ¿Necesitas descansar?
Incluso en estos momentos se sigue preocupando y cuidándote. No exageraba cuando te dijo que sacaste la lotería. Si los chicos de tu escuela se enterasen, estarían muy celosos.
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