>>126266
Soy este negro >>126278, no se si aun quedan cupos, pero me entretuve escribiendo, igual voy a mandar turnos cortos kek
https://www.youtube.com/watch?v=maYag-32vyM
>Nombre
No recuerda... ¿Volvo?
>Apariencia
Él es joven, pero su juventud no se impone. No hay en él la expansión natural de quien se siente al comienzo de algo, sino la contención de quien ya presiente una pérdida. Tiene veintisiete añitos, aunque su rostro parece pertenecer a alguien que ha pasado demasiadas horas mirando cosas inmóviles. Es algo más bajo que alto, y de complexión más resistente que fuerte. Sus hombros están rectos, no por orgullo, sino por costumbre: aprendió muy pronto que inclinarse demasiado termina por volverse permanente. Sus manos son largas, nervudas, siempre un poco frías. Las observa con frecuencia, como si temiera que algún día no le resulten familiares.
Su cabello es gris y muy corto. No hay en su aspecto una estética buscada, sino una especie de austeridad heredada, como si llevara consigo una noción antigua de decoro. Sus ojos son grises, no me refiero al color, sino esa mirada que tienen los enfermos y peces, del color del cielo cuando la nieve aún no cae, pero ya se la presiente.
>Sobre ti
Él nació en la franja habitable del Eje, allí donde el bosque parece más extenso y antiguo que cualquier memoria humana. No se sabe con precisión el año, los registros civiles de su distrito fueron reescritos dos veces por fallas de saturación y una más por una guerra menor de los Diminutos que incendió los archivos. A él nunca le importó demasiado esa imprecisión. Con el tiempo aprendió que las fechas son una forma de consuelo.
De familia “acomodada” Su apellido pertenecía a un linaje menor de nobles, de esos que aún podían trazar su sangre, pero que ya no ocupaban salones luminosos ni influían en decisiones importantes. "Eran nobles" decían, sí, por herencia y por carácter, aunque en la mesa nunca sobrara nada. Vivían con dignidad, eso sí. En su casa no había exceso, pero tampoco carencia: iconos ennegrecidos por el humo, libros gastados, silencio, y una disciplina que no necesitaba ser enunciada. Se caminaba erguido. No por orgullo, sino por costumbre.
Desde niño tuvo una relación extraña con el mundo. No lo miraba como algo que debía conquistarse o comprenderse del todo, sino como algo ante lo cual había que mantenerse en pie. Como si la existencia fuera una extensión interminable de terreno irregular: no se la atraviesa para llegar, se la atraviesa para no caer. Esa postura, más que una idea, era una forma de estar. Para él, lo divino no residía en milagros visibles, sino en la persistencia de las cosas humildes: la nieve que vuelve cada año, el sonido de los pasos sobre la madera vieja, la respiración de un caballo al amanecer.
Las cosas no eran solo lo que mostraban. Una lámpara no era solo una fuente de luz; era el milagro de que algo tan frágil pudiera vencer a la oscuridad cada noche. Un puente no era solo un paso, era una promesa silenciosa de continuidad. El Hex mismo, omnipresente, no era venerado, pero tampoco reducido a una herramienta sin alma. Era tratado con respeto, como se trata a un animal grande que duerme cerca: sabiendo que sostiene, pero también puede destruir.
Fue educado en casa durante sus primeros años. Aprendió a leer en libros viejos de magia y conocimiento, muchos de ellos ya fuera de circulación. No se le enseñó a buscar respuestas rápidas, sino a soportar las preguntas. La literatura fue su primer territorio interior. No leía para escapar del mundo, sino para penetrarlo más hondo. Le impresionaban los personajes que no encontraban redención, pero tampoco se rendían. Aquellos que seguían caminando aun cuando el sentido parecía haberse retirado discretamente del paisaje.
Al llegar a la adolescencia, su destino pareció definirse con la naturalidad de lo inevitable: la escuela militar. No por ambición, ni por fervor marcial, sino por tradición y por una vaga noción de deber. La nobleza aún se sostenía en una idea de orden que exigía cuerpos dispuestos a encarnarla. Él aceptó ese camino sin entusiasmo, pero sin resistencia. Había en él una inclinación hacia la disciplina, no como imposición externa, sino como forma de silencio interior.
La escuela fue dura, aunque no tanto en lo físico como en lo moral. Allí conoció la violencia no como estallido, sino como estructura. Aprendió a obedecer, pero también a observar las grietas en aquello que se presenta como sólido. No fue un cadete brillante ni mediocre. Se destacó por su constancia y por una extraña distancia emocional. No era frío: simplemente parecía habitar un plano ligeramente desplazado del presente inmediato
Era mongo. Mientras otros soñaban con ascensos o glorias futuras, él pensaba en la fragilidad de los nombres, en lo rápido que una vida podía reducirse a una línea en un archivo.
Aun así, había en él un profundo amor por la vida. No un amor ingenuo ni expansivo, sino uno contenido, casi secreto. Amaba el hecho de estar vivo como se ama una responsabilidad. Cada mañana despertaba con la sensación de que el día no le debía nada, y que, aun así, se le había concedido. Esa gratitud silenciosa lo acompañó siempre, incluso en los momentos más oscuros.
Hacia los veinticinco años comenzaron los primeros signos. No fueron evidentes ni dramáticos. Pequeños olvidos, al principio: nombres que se le escapaban, recuerdos que aparecían desordenados, como si hubieran sido colocados en estantes incorrectos. Una calle que de pronto parecía ajena. La sensación de haber vivido algo importante sin poder recordar qué.
Pensó que era cansancio, tal vez el estrés, o a la exposición prolongada al Hex. Se dijo que era normal. Se lo dijeron otros también. Debía ser el resultado natural de una mente sobrecargada. Pero pronto comprendió que había algo más profundo, más inquietante. La memoria no se le iba de golpe.... se le deshacía lentamente, como arena entre los dedos.
El diagnóstico llegó sin dramatismo. Nunca llegan con él. Un deterioro progresivo de la memoria, no vinculado a trauma físico ni a saturación extrema. Algo interno. Algo que avanzaría sin pedir permiso. No había cura. Solo protocolos para retrasar lo inevitable.
El terror no fue inmediato. Primero hubo negación, luego irritación. Después, un miedo más hondo: no a la muerte, sino al borramiento. El miedo a desaparecer mientras aún se respira. A convertirse en un cuerpo funcional habitado por un vacío creciente. A que sus pensamientos, sus dudas, sus pequeñas certezas, se disolvieran sin dejar rastro. La idea de dejar de existir no lo perturbaba tanto como la posibilidad de haber existido en vano, de no poder dar testimonio siquiera ante sí mismo. ¿Qué es una vida que no puede recordarse? ¿Qué queda cuando incluso el dolor se vuelve inaccesible?
Durante semanas caminó como si el mundo estuviera cubierto por una capa de vidrio. Todo se veía igual, pero no se podía tocar sin temor a romperlo. Pensó en la muerte muchas veces, pero no como un final grandioso. Pensó en ella como una habitación que se va vaciando de muebles mientras uno aún vive dentro. Cada recuerdo perdido era una silla menos, una pared que se volvía más blanca. La idea lo aterrorizó. Lloró solo, sin ruido, como si el llanto mismo pudiera olvidarse.
Se descubrió tocándose el pecho, como si buscara una prueba física de su existencia. Durante un tiempo luchó contra ello, y vivió con una ansiedad constante. Fue allí donde comenzó a escribir.... Anotaba todo. No tratados, no informes. Notas. Fragmentos. Observaciones mínimas. Cada pensamiento. Cada sensación. Cada recuerdo, por trivial que fuera. No lo hacía para publicar ni para preservar conocimiento. Escribía como quien deja marcas en el camino, no para volver, sino para saber que estuvo allí. Llevaba pequeños cuadernos donde registraba pensamientos, sensaciones, imágenes. No eran diarios en el sentido clásico, eran intentos desesperados de fijar el mundo antes de que se disolviera. Anotaba el color del cielo, el sonido de una campana lejana, el olor de una calle después de la lluvia. No buscaba preservar grandes acontecimientos, sino instantes. Intuía que en ellos residía la verdadera sustancia del vivir. Esos cuadernos se habían vuelto más importantes que cualquier documento oficial que haya firmado.
Tenía miedo de dormir, por temor a despertar siendo otro. O nadie.
Pero con el tiempo, algo cambió.
No de golpe. No como una revelación. Fue más bien una fatiga del miedo. Una noche, mientras caminaba solo por un sector abandonado (uno de esos lugares donde capas de civilización se apilan sin orden) sintió algo que no esperaba: gratitud. El sitio era irrelevante para el mundo. Nadie lo miraba. Nadie lo defendía. Y, sin embargo, él sintió que si ese lugar desaparecía, algo en él desaparecería también.
Poco a poco, fue juntando lugares del Eje que consideraba suyos, aunque no le pertenezcan. Un corredor de piedra bajo una antigua catedral. Un parque donde las estatuas están cubiertas de musgo y nadie recordaba a quién representaban. Una escalera que no lleva a ningún sitio útil. O un puente oxidado desde el cual se veía el horizonte curvarse de una manera apenas perceptible.
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Esos lugares lo afectaban de una forma que no sabía explicar. Sentía que le pertenecían, o que él les pertenecía a ellos. Como si, al desaparecer alguno de esos espacios, algo esencial en él se perdiera también. No porque fueran importantes para el mundo, sino porque lo eran para su mirada. Cada persona es guardiana de una era mínima, invisible para los demás. Un conjunto de cosas que solo existen plenamente mientras alguien las recuerde y las ame en silencio. Su sola presencia es una forma de resistencia. Mientras él los recuerde (aunque sea por un tiempo limitado) esos lugares siguen existiendo.
El miedo no desapareció, pero se transformó. Comprendió entonces que no necesitaba recordar todo. Que quizás la memoria no era una posesión, sino una relación, un préstamo. Algo que existe mientras uno está dispuesto a mirar, y que aferrarse a ella con desesperación solo aceleraba su pérdida.
Empezó entonces a vivir con una atención distinta, más aguda, más presente. Si cada recuerdo podía ser el último, entonces cada instante merecía una reverencia silenciosa. Si el futuro iba a ser una pérdida constante, entonces el presente adquiría un peso absoluto. Cada instante que aún podía percibir, comprender y sentir se volvió invaluable. No por su duración, sino por su intensidad.
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